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[ BIBLIOTECA DE ECOLOGIA SOCIAL ] |
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La capitalización de la naturalezxa y las estrategias fatales del crecimiento insostenible
Enrique Leff
Si en los años setenta la crisis ambiental llevó a proclamar el freno al crecimiento
antes de alcanzar el colapso ecológico, en los años noventa la dialéctica de la
cuestión ambiental ha producido su negación: hoy el discurso neoliberal afirma la
desaparición de la contradicción entre ambiente y crecimiento. Los mecanismos de mercado
se convierten en el medio más certero y eficaz para internalizar las condiciones
ecológicas y los valores ambientales al proceso de crecimiento económico. En la
perspectiva neoliberal, los problemas ecológicos no surgen como resultado de la
acumulación de capital, ni por fallas del mercado, sino por no haber asignado derechos de
propiedad y precios a los bienes comunes. Una vez establecido lo anterior, la
clarividentes leyes del mercado se encargarían de ajustar los desequilibrios ecológicos
y las diferencias sociales: la equidad y la sustentabilidad. El discurso dominante busca promover el crecimiento económico sostenido, negando las
condiciones ecológicas y termodinámicas que establecen límites a la apropiación y
transformación capitalista de la naturaleza. La naturaleza est siendo incorporada
así al capital mediante una doble operación: por una parte se intenta internalizar los
costos ambientales del progreso; junto con ello, se instrumenta una operación simbólica,
un "cálculo de significación" que recodifica al hombre, la cultura y la
naturaleza como formas aparentes de una misma esencia: el capital. Así, los procesos
ecológicos y simbólicos son reconvertidos en capital natural, humano y cultural, para
ser asimilados al proceso de reproducción y expansión del orden económico,
reestructurando las condiciones de la producción mediante una gestión económicamente
racional del ambiente. La ideología del desarrollo sostenible desencadena así un delirio y una inercia
incontrolable de crecimiento. El discurso de la sostenibilidad aparece como un simulacro
que niega los límites del crecimiento para afirmar la carrera desenfrenada hacia la
muerte entrópica. El neoliberalismo ambiental pareciera apartarnos de toda ley de
conservación y reproducción social para dar curso a una metástasis del sistema, a un
proceso que desborda toda norma, referente y sentido para controlarlo. Si las estrategias
del ecodesarrollo surgieron como respuesta a la crisis ambiental, la retórica de la
sostenibilidad opera como una estrategia fatal, una inercia ciega, una precipitación
hacia la catástrofe. De esta manera, la retórica del crecimiento sostenible ha reconvertido el sentido
crítico del concepto de ambiente en un discurso voluntarista, proclamando que las
políticas neoliberales habrán de conducirnos hacia los objetivos del equilibrio
ecológico y la justicia social por la vía más eficaz: el crecimiento económico guiado
por el libre mercado. Este discurso promete alcanzar su propósito, sin una
fundamentación sobre la capacidad del mercado para dar su justo valor a la naturaleza,
para internalizar las externalidades ambientales y disolver las desigualdades sociales;
para revertir las leyes de la entropía y actualizar las preferencias de las generaciones
futuras. Ello lleva a plantear la pregunta sobre la posible sustentabilidad del capitalismo, es
decir de una racionalidad económica que tiene el inescapable impulso hacia el
crecimiento, pero que es incapaz de detener la degradación entrópica que genera. Frente
a la conciencia generada por la crisis ambiental, la racionalidad económica se resiste al
cambio, induciendo una estrategia de simulación y perversión del discurso de la
sustentabilidad. El desarrollo sostenible se ha convertido en un trompe l'oeil que burla
la percepción de lo real y nuestro actuar en el mundo. El discurso del crecimiento sostenible se vuelve como un boomerang, degollando y
engullendo al ambiente como concepto que orienta la construcción de una nueva
racionalidad social. Esta estrategia discursiva de la globalización se convierte en un
tumor semiótico, en una metástasis del pensamiento crítico que disuelve la
contradicción, la oposición y la alteridad, la diferencia y la alternativa, para
ofrecernos en sus excrementos retóricos una re-visión del mundo como expresi¢n del
capital. La realidad ya no sólo es refuncionalizada para reintegrar las externalidades de
una racionalidad económica que la rechaza. Más allá de la posible valorización y
reintegración del ambiente, éste es recodificado como elementos diferenciados del
capital globalizado y la ecología generalizada. La reintegración de la economía al sistema más amplio de la ecología se daría por
el reconocimiento de su idéntica raíz etimológica: oikos. Pero en esta operación
hermenéutica se desconocen los paradigmas diferenciados de conocimiento en los cuales se
ha desarrollado el saber sobre la vida y la producción. De esta forma, los potenciales de
la naturaleza adoptan la forma de un capital natural. La fuerza de trabajo, los valores
culturales, las potencialidades del hombre y su capacidad inventiva se convierten en
capital humano. Todo es reducible a un valor de mercado y representable en los códigos
del capital. El discurso del desarrollo sostenible se inscribe así en una "política de
representación", que constituye identidades para asimilarlas a una lógica, a una
razón, a una estrategia de poder para la apropiación de la naturaleza como medio de
producción. En este sentido, las estrategias de seducción y simulación del discurso de
la sostenibilidad constituyen el mecanismo extraeconómico por excelencia de la
postmodernidad para la explotación del hombre y de la naturaleza, sustituyendo a la
violencia directa como medio para la explotaci¢n y apropiación de los recursos. El capital, en su fase ecológica está pasando de las formas tradicionales de
apropiación primitiva, salvaje y violenta de los recursos de las comunidades, de los
mecanismos económicos del intercambio desigual entre materias primas de los países
subdesarrollados y los productos tecnológicos del primer mundo, a una estrategia
discursiva que legitima la apropiación de los recursos naturales que no son directamente
internalizados por el sistema económico. A través de esta operación simbólica, se
redefine a la biodiversidad como patrimonio común de la humanidad y se recodifica a las
comunidades del Tercer Mundo como parte del capital humano del planeta. El discurso de la globalización aparece así como una mirada glotona más que como una
visión holística; en lugar de aglutinar la integridad de la naturaleza y de la cultura,
engulle para globalizar racionalmente al planeta y al mundo. Esta operación simbólica
somete a todos los órdenes del ser a los dictados de una racionalidad globalizante. De
esta forma, prepara las condiciones ideológicas para la capitalización de la naturaleza
y la reducción del ambiente a la razón económica. Las estrategias fatales de este
discurso globalizante resultan de su pecado capital: su gula infinita e incontrolable de
todo lo real. El discurso de la sostenibilidad busca reconciliar a los contrarios de la dialéctica
del desarrollo: el medio ambiente y el crecimiento económico. En este salto mortal, más
que dar una vuelta de tuerca de la racionalidad económica, se opera un vuelco y un
torcimiento de la razón: el móvil del discurso no es internalizar las condiciones
ecológicas de la producción, sino proclamar el crecimiento económico como un proceso
sostenible, sustentado en los mecanismos del libre mercado como medio eficaz para asegurar
el equilibrio ecológico y la igualdad social. La tecnología se encargaría así de
revertir los efectos de la degradación entrópica en los procesos de producción,
distribución y consumo de mercancías: el monstruo englute los desechos en sus propias
entrañas; la máquina anula la ley natural que la crea. La tecnología disolvería la escasez de recursos haciendo descansar la producción en
un manejo indiferenciado de materia y energía; los demonios de la muerte entrópica
serían exorcizados por la eficiencia tecnológica. La ecología se convertiría en el
instrumento para ampliar los límites del crecimiento: el sistema ecológico funcionaría
como tecnología de reciclaje; la biotecnología inscribiría a los procesos de la vida en
el campo de la producción; el ordenamiento ecológico permitiría relocalizar las
actividades productivas, extendiendo el territorio como soporte de un mayor crecimiento
económico para ampliar los espacios de producción, circulación y consumo. El discurso del crecimiento sustentable busca inscribir las políticas ambientales en
las vías de ajuste que aportaría la economía neoliberal a la solución de los procesos
de degradación ambiental y al uso racional de los recursos ambientales; al mismo tiempo,
responde a la necesidad de legitimar a la economía de mercado, que en su movimiento
inercial resiste el estallido que le est predestinado por su propia ingravidez
mecanicista. Como un alud de nieve, en su caída va adhiriéndose una capa discursiva con
la que intenta contener su colapso. Así, prosigue un movimiento ciego hacia el futuro,
sin una perspectiva sobre las posibilidades de desconstruir el orden económico
antiecológico y de transitar hacia un nuevo orden social, guiado por los principios de
sustentabilidad ecológica, democracia participativa y racionalidad ambiental. Estas estrategias de capitalización de la naturaleza han penetrado al discurso oficial
de las políticas ambientales y de sus instrumentos legales y normativos. El desarrollo
sustentable convoca así a todos los actores sociales (gobierno, empresarios, académicos,
ciudadanos, campesinos, indígenas) a un esfuerzo común. Se realiza así una operación
de concertación y participación en la que se integran las diferentes visiones y se
enmascaran los intereses contrapuestos en una mirada especular, convergente en la
representatividad universal de todo ente en el reflejo del argenteo capital. Así se
disuelve la posibilidad de disentir frente al propósito de un futuro común, una vez
definido el desarrollo sostenible, en buen lenguaje neoclásico, como la contribución
igualitaria del valor que adquieren en el mercado los diferentes factores de la
producción y los diferentes actores del desarrollo sostenible. Esta estrategia intenta debilitar las resistencias de la cultura y de la naturaleza
misma para ser reconvertidas dentro de la lógica del capital. Busca así legitimar la
desposesión de los recursos naturales y culturales de las poblaciones dentro un esquema
concertado, globalizado, donde sea posible dirimir los conflictos en un campo neutral. A
través de esta mirada especular (especulativa), se pretende que las poblaciones
indígenas se reconozcan como capital humano, que resignifiquen su patrimonio de recursos
naturales y culturales (su biodiversidad) como un capital natural, que acepten una
compensación económica por la cesión de ese patrimonio a las empresas transnacionales
de biotecnología. Estas serían las instancias encargadas de administrar racionalmente
los "bienes comunes", en beneficio del equilibrio ecológico, del bienestar la
humanidad actual y de las generaciones futuras. El tránsito hacia la sustentabilidad fundado en el supuesto de que la economía ha
pasado a una fase de post-escasez, implica que la producción, como base de la vida
social, ha sido superada por la modernidad. Esta estrategia discursiva se desplaza de la
valorización de los costos ambientales hacia la legitimación de la capitalización del
mundo como forma abstracta y norma generalizada de las relaciones sociales. Este simulacro
del orden económico, que levita sobre las propias relaciones de producción, libera al
hombre de las cadenas de la producción para reintegrarlo al orden simbólico. Sin embargo, no habría que pensar que este proceso de transición de la modernidad
hacia la postmodernidad convierte el discurso de la sostenibilidad en una retórica que
transfiere el poder sobre la producción a una mera lucha a nivel ideológico. Esta
operación simbólica funciona como una ideología --dentro de un aparato ideológico del
capital trasnacional-- para legitimar las nuevas formas de apropiación de la naturaleza.
A ellas ya no sólo podrán oponerse los derechos tradicionales por la tierra, el trabajo
o la cultura. La resistencia a la globalización implica la necesidad de desactivar el
poder de simulación y perversión de las estrategias globalizantes de la sostenibilidad.
Para ello, es necesario construir una racionalidad social y productiva que más allá de
burlar el límite como condición de existencia, refunde la producción desde los
potenciales de la naturaleza y la cultura. La capitalización de la naturaleza está generando diversas manifestaciones de
resistencia cultural a las políticas de la globalización y al discurso de la
sostenibilidad, dentro de estrategias de las comunidades para autogestionar su patrimonio
histórico de recursos naturales y culturales. Se está dando así una confrontación de
posiciones, entre los intentos por asimilar las condiciones de sustentabilidad a los
mecanismos del mercado y un proceso político de reapropiación social de la naturaleza.
Este movimiento de resistencia se articula a la construcción de un paradigma alternativo
de sustentabilidad, en el cual los recursos ambientales aparecen como potenciales capaces
de reconstruir el proceso económico dentro de una nueva racionalidad productiva,
planteando un proyecto social fundado en las autonomías culturales, la democracia y la
productividad de la naturaleza. En este sentido, la racionalidad ambiental reconoce la marca de la sustentabilidad como una fractura de la razón modernizadora para construir desde esta falla una racionalidad productiva fundada en el potencial ecológico y en nuevos sentidos civilizatorios. De esta manera enfrenta a las estrategias fatales de la globalización.
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Resumido del capítulo 1 del libro "Saber Ambiental: Sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder", por Enrique Leff, investigador mexicano e integrante del PNUMA. Editado por Siglo XXI y PNUMA, México, 1998. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos. |